José Miguel Pérez Sierra

“Conocí al Maestro en el verano de 2003.
Yo era un joven estudiante de dirección de orquesta y había ido a Pesaro con mi familia para conocer el Festival Rossini. Pero no fue el genio pesarés el que propició nuestro encuentro: días antes habíamos estado en Milán, viendo una función del Otello verdiano. Era la misma edición que había servido de clausura para una Scala que cerraba por obras, y que había trasladado temporalmente sus representaciones al Teatro degli Arcimboldi.
Otello era una ópera que me obsesionaba desde niño y que conocía muy bien. Cuál fue mi sorpresa cuando, al llegar el tercer acto, me encontré con un concertante muy diferente al que yo conocía: también bellísimo, y con muchas novedades a nivel musical y dramatúrgico. Al acabar la función, encontré lo que buscaba en el programa: Edición Crítica de Alberto Zedda.
Zedda era un director al que admiré desde niño, viéndole dirigir varios títulos en el Teatro de la Zarzuela, cuando éste hacía las funciones de teatro de ópera de Madrid. También sabía que era el mayor experto en Rossini del mundo, y director artístico del ROF. Pero yo tenía que buscar la manera de hablar con él largo y tendido sobre… Verdi.
No tuve que ingeniármelas para tener una cita con él: tuve la inmensa suerte de que el Maestro apareciese en una cena post-estreno en la que yo estaba. No lo dudé y me presenté, abordando sin dudarlo todas las cuestiones que me había planteado su edición de Otello. Quizá el Maestro iba con la idea de tener una agradable cena relajada… Pero lejos de darme señales de estar incómodo, acogía los argumentos que le proponía con pasión creciente, y con esa llama encendida de fervor por la música, que sus ojos reflejaban de manera fascinante.
Aquella conversación duró casi dos horas… y el Maestro terminó invitándome a continuarla en Madrid la primavera siguiente, cuando viniera para dirigir Il Viaggio a Reims en el Teatro Real. Así fue: le busqué, continuamos con la conversación… y tuve el inmenso privilegio de que esa conversación, “i nostri discorsi”, como decía Alberto, duró 13 años más.
La primera vez que estuve con el Maestro en La Coruña, su auténtico hogar en España, fue en mayo de 2005, asistiéndole en La Cenerentola que dirigió en el Festival Mozart. A esa producción seguiría la de L’Incoronazione di Poppea en 2006, y varios conciertos sinfónicos. Son docenas las anécdotas y los hermosos recuerdos que tengo de aquellos años como asistente del Maestro… Me viene a la mente uno que nada tiene que ver con la música, pero que define a la perfección cómo era el Maestro y su forma de desafiar cualquier convención establecida.
Recuerdo una tarde que según salíamos del ensayo, nos avisaron de que, en pocas horas, un temporal fortísimo se cernía sobre la ciudad (temporal que terminaría siendo “célebre” por los graves daños que causó en las playas y el paseo marítimo).
Ante la recomendación de ir a casa lo más rápido posible, el Maestro contesto: “¿por qué? ¡hace un sol espléndido aún!”, a lo que nos explicaron que el temporal iba a llegar de manera repentina y violenta desde el Atlántico, y por lo tanto el sol reinante sobre la ciudad en ese momento no era otra cosa que “la calma que precede a la tempestad”. Cuando nos quedamos solos, Alberto me dijo: “José, nos vamos a la Torre de Hércules a ver llegar la tempestad”?
Efectivamente todavía lucía un sol radiante, así que nos encaminamos los dos hacía la Torre de Hércules. Al llegar, el viento empezaba a arreciar, y lo que es peor: al fondo, sobre el horizonte, se veía un telón negro que unía mar y cielo, y que se acercaba minuto a minuto a la ciudad. Yo pensaba que aquello ya “estaba visto”, cuando vi al Maestro que, con su agilidad habitual, empezaba a deslizarse alegremente por el sendero que recorre el acantilado bajo la Torre.
El viento era cada vez más potente, y esa cortina negra en el horizonte era ya un muro apocalíptico a pocos kilómetros de nosotros. “Vieni José, è bellissimo!”. Más miedo empezaba a darme, más se adentraba el Maestro en el sendero, alejándonos así del parking donde teníamos el coche que nos podía facilitar la “huída”. Yo le seguí, recuperé terreno, y al acercarme pude ver la enorme sonrisa con la que el Maestro disfrutaba de ese espectáculo natural tan hermoso y aterrador.
El Maestro no tenía miedo de nada. Cuando consideró que ya había alcanzado el “palco privilegiado” desde el que contemplar la furia de los elementos, se detuvo. Y jamás se me olvidará su imagen: en pie, con esa enorme sonrisa mezcla de excitación y curiosidad, su pelo alborotado por la agresividad del tiempo, y sus ojos azules muy abiertos, maravillados por la majestuosidad del espectáculo. Parecía casi estar dirigiéndolo él, como si fuera un gigantesco crescendo rossiniano.
Estuvimos varios minutos así, uno al lado del otro. Él no dejaba de mirar la tormenta que se acercaba; yo no dejaba de mirarle a él: me parecía mucho más espectacular que la tormenta. Era fascinante verle ahí, disfrutando en su desafío a los elementos.
El viento ya era huracanado y de repente nos cayó una gota. “José, mi sa che dovremmo scappare…” Volvimos al coche a paso ligero, y en el momento que entramos y cerramos las puertas, el diluvio universal se abatió sobre la Coruña. Hasta para la lluvia, los tempi del Maestro siempre fueron perfectos.” Jose Miguel Pérez Sierra