Una mañana con el maestro Zedda y sus alumnos

Si queremos resumir en una sola palabra la manera con que el maestro Alberto Zedda imparte sus clases, creo que podría ser ésta: “expresión”. Primero, por la actitud didáctica del mismo enseñante para mostrar al alumno aquello que éste debe transmitir, mediante la riqueza de los ademanes, la variada gesticulación, el cambio del semblante, la intensidad del sentimiento…

Todo ello con un modo tan apasionado de vivir la música que produce inevitablemente la reacción de quien recibe estas impagables enseñanzas que son fruto del talento y de la la dilatada experiencia.

Y, en segundo lugar, porque la expresión es uno de los requerimientos en que más insiste el maestro Zedda. Aunque desde luego no es el único. Así, por ejemplo, su repetida petición de no romper las frases o de utilizar con elegancia el canto legato (que ejemplifica describiendo en el aire un arco ideal con su dedo índice); o estimular la pasión haciendo vibrar con intensidad su diestra; o mostrar el dolor con que la voz debe describir un pasaje inclinando la cabeza y llevando una mano hacia el corazón…

Clases magistrales

A las diez en punto de la mañana, llega el maestro Alberto Zedda a la cita diaria con sus alumnos en el auditorio que Afundación tiene en el Cantón Grande de La Coruña. Un día cualquiera; una de las jornadas en que el (gran) músico italiano -coruñés por elección, para honra de nuestra ciudad- viene impartiendo su inmenso conocimiento de la voz humana en las clases magistrales que se han programado entre los días 25 de septiembre y 11 de octubre en horario de 10 a 14 horas. Ha sido una brillante iniciativa que se inscribe dentro de la Temporada Lírica que este año comienza su andadura.

Estas master class constituyen algo extraordinario, una oportunidad única para que muchos artistas de toda Galicia y del mundo entero puedan aprovechar la sabiduría de un gran director de orquesta, extraordinario conocedor del teatro lírico, máximo responsable del Festival Rossini de Pésaro y el más eminente experto sobre este compositor en el mundo.

Un poco de estadística

Han formalizado su inscripción como alumnos quince cantantes, lo cual, para un primer año, es un gran éxito. Los participantes son jóvenes, con una media de edad de 31 años; hay una notable igualdad entre los varones y las féminas, aunque ganan éstas por ligera diferencia: ocho a siete. Proceden de muy diversos lugares, si bien predominan los gallegos: son ocho, en total, cuatro de La Coruña, dos de Ourense, uno de El Ferrol y otro de Santiago. Entre los siete restantes, hay tres españoles que vienen de lejos: Irún, Torrevieja y La Línea de la Concepción. Pero de mucha mayor distancia llegan los procedentes de Alemania, Rumanía, México y Argentina.

Las voces son muy diversas: lo que más abundan son las sopranos (seis) y los tenores (cuatro); hay además dos mezzosopranos, dos barítonos y un bajo-barítono. La calidad de la voz y la formación previa son asimismo muy diferentes; pero puede afirmarse, con carácter general, que el nivel artístico medio es muy alto. Como el Sábado día 11 se realizará un concierto en el que participarán los alumnos, no es difícil pronosticar un bonito (enorme) éxito.

Además de los alumnos, que participan activamente en las clases, existen también plazas para oyentes. Se han inscrito como tales unas quince personas –en su mayoría, pertenecientes al Coro de la Sinfónica de Galicia-, muchas de las cuales asisten regularmente y con el mayor interés a las enseñanzas del maestro Zedda.

Cómo se desarrolla una clase

Las jornadas se realizan en el auditorio de Afundación. Sobre el escenario, a la derecha, se sitúa un piano de cola; a la izquierda, una sencilla mesa y una silla. Es todo lo que se necesita; lo imprescindible. Lo que de verdad importa es la categoría del maestro que imparte las clases magistrales. Tan sólo, como una nota de color, permanece sobre las tablas el bellísimo traje que lució María Luisa Nache cuando cantó Turandot en 1962. Al piano, la profesora, Liudmila Orlova, que acompaña a los cantantes; una labor que requiere condiciones de repentización o improvisación (ya que son muy variadas las obras que se interpretan) y además estar dispuesta a repetir las veces necesarias determinados pasajes sobre los que es preciso insistir hasta que se logre la mayor perfección posible por parte del cantante, y siempre a juicio de un maestro tan exigente como Alberto Zedda.

Llega la primera alumna a recibir su clase. Entrega una partitura al maestro, otra a la pianista y se dispone a cantar. Se trata de una joven mezzosoprano de nacionalidad alemana, de nombre Floor van der Sluis; es muy joven tiene veinticuatro años, pero posee una bella voz con un registro grave poderoso y sonoro, que hace pensar en que tal vez llegue a ser una contralto; lo cual sería todo un descubrimiento dada la escasez de esta cuerda. La voz se proyecta muy bien, llena la sala. Canta un fragmento de Anna Bolena, de Donizetti, Deh! non voler costringere. El maestro la escucha y al final le explica que esta pieza no tiene el carácter dramático del resto de la obra, sino una función de contraste: no es realmente un aria, más bien una balada. Le dice que un gran artista, mediante su inteligencia y su fantasía, es capaz de transformar una pieza que es sólo discreta en algo interesante.

Trabajan frase por frase el fragmento. En algún momento, Zedda ha de corregir un pasaje que ella interrumpe mediante una pausa. Explica que en el canto no debe romperse la frase, lo mismo que no se rompe cuando se habla o se recita; tan sólo cabe una excepción y es cuando lo exige la expresión, E insiste: “Antes de cantar un aria hay que recitarla”. Como esta pieza tiene dos partes simétricas, es decir, dos estrofas con la misma música, se plantea la cuestión de cómo otorgarle variedad. El maestro explica que para hacer algo distinto con la segunda estrofa se puede cantar más piano, incluso más legato. En algún momento, pide a la cantante más pasión. Al final, se muestra satisfecho y la felicita: “¡Mucho mejor, más interesante! Brava!”

Actúan otros alumnos

Otra soprano, ésta procedente de Ourense, Carolina Pérez, dotada de una bonita voz, quizá de lírico-dramática, canta el aria de Mozart, Non temer, amato bene, KV 505, que incluye el recitativo, Ch’io mi scordi di te? La joven no está acostumbrada a expresar con intensidad los sentimientos de esta maravillosa partitura. El maestro trata de estimularla poniendo de relieve los aciertos: “Brava!” le dice, en un pasaje. Pero en la palabra “dolore” le dice que ha de cambiar la expresión, porque su dolor “no duele”.

También le solicita más pasión: “El canto es pasión”, afirma. Le aconseja, en fin, que elija otra obra, que ésta es demasiado difícil. Axier Sánchez, barítono vasco, de voz poderosa, bien timbrada y con buena proyección, interpreta el precioso fragmento –recitativo y aria- de Los puritanos, de Bellini: Or dove fuggo io mai?.. Ah! Per sempre io te perdei. El maestro aprueba con la cabeza, aunque le insiste en la expresión; por ejemplo, distingue entre cantar piano y “con fervore””; lo explica canturreando el pasaje. Define la voz del barítono como “importante, bella”, pero le recuerda que las voces grandes son más difíciles de controlar.

El cantante aborda a continuación el recitativo y aria Hai già vinto la causa, de Las bodas de Fígaro, de Mozart. El maestro lo felicita: “Molto bene! Bravo!” Es ahora el turno de otra gran voz: Clara Jelihovski, soprano moldava, aunque de nacionalidad rumana; probablemente, otra cuerda intermedia entre lírica y dramática; ideal para Puccini, aunque –como le ocurría también a nuestra María Luisa Nache- puede abordar el repertorio de lírica. Por eso, canta la bellísima escena de La sonnambula, de Bellini, Ah! Non credea mirarti.

Zedda la felicita repetidas veces por su capacidad expresiva: “Meraviglioso! Brava!” Al llegar la caballetta, le pide un canto más legato, que exprese felicidad. La felicita de nuevo y le explica que tanto el personaje de Amina, como el de Amenaíde, en la ópera Tancredi, de Rossini, pueden ser brillantes, pero reservando una cierta intimidad.

En fin, una cantante coruñesa, María Lueiro, la más joven de los alumnos (veintidós años); su cuerda parece de lírico-ligera. Interpreta una preciosa arietta de Bellini, Per pietà, bel idol mio. El maestro se muestra muy satisfecho y le pide que además cante otra cosa. Ella elige la encantadora Romanza del ruiseñor, de Doña Francisquita, de Vives, lo que complace mucho a Zedda que insiste en que la cante completa y no en versión abreviada. La felicita, pero le dice que debe cantarla con más libertad.

Julio Andrade